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Cartas literarias

 

Muchas cartas han salido de las manos de sus destinatarios, y se han hecho públicas. Otras son producto de la imaginación de sus autores. En esta sección podrás encontrar fragmentos de esas cartas, y la referencia bibliográfica para que puedas leer el libro completo.

 

 Stefan Zweig

Henry Miller 

Leopoldo Lugones

J. L. Borges 

Franz Kafka 

Roberto Arlt 

Jane Austen (2)

Vicente Aleixandre 

Cristóbal Colón

Albert Einstein

Julio Cortázar 

Joaquín Rodrigo 

E. Jardiel Poncela 

Jane Austen (1) 

Luis Pérez Ortíz 

Teniente Kolesnikov 

Paul Gauguin

Mario Fortunato

Wilkie Collins

Juan Carlos Onetti

Enrique W. Alzaga

Roberto Fontanarrosa

Oscar Wilde 

Tawfiq Yusuf Awwad

Johanna Schopenhauer

A. S. Byatt

Hector Abad Faciolince

 

 

 

Stefan Zweig, "Carta de una desconocida", Ed. El País / Clásicos del Siglo XX, Madrid 2003 (traducción de Berta Conill) 

Me miraste con asombro. Yo te miré con todas mis fuerzas: “Reconóceme, ¡reconóceme de una vez!”, gritaba mi mirada, pero tus ojos me sonrieron cordiales e inconscientes. Me volviste a besar, pero no me reconociste. Me apresuré en llegar a la puerta porque sentía que acudían las lágrimas a mis ojos y no hacía falta que lo vieses. De tan impetuosamente como salí, en el recibidor por poco me choqué con Johann, tu sirviente. Con inmediata consideración y con su timidez característica, se echó hacia atrás, me abrió la puerta de un golpe para dejarme salir y entonces –en aquel segundo, ¿me oyes?- en el único segundo en que miré a aquel hombre envejecido, cuando le miré con los ojos llenos de lágrimas, de repente, se le iluminaron las pupilas. Sólo en un segundo, ¿me oyes?, en un segundo aquel viejo me reconoció, él, que no me había visto más desde que era una jovencita. Hubiese podido arrodillarme ante él por haberme reconocido y besarle las manos, pero sólo saqué los billetes de banco que me habías adjudicado y se los di.

 

Jane Austen, "Juicio y sentimiento", Ediciones Rialp S.A., Madrid, 1993 (traducción de Luis Magrinyà)

 Berkeley Street, enero

¿Qué debo pensar, Willoughby, de tu conducta de anoche?  Exijo de nuevo una explicación.  Me había preparado para recibirte con la natural alegría que debía seguirse de nuestra separación, con la familiaridad que, a mi entender, autorizaba nuestra intimidad en Barton.  ¡Pero lo cierto es que fui rechazada! He pasado una noche angustiosa tratando de encontrar una excusa a un comportamiento que apenas puede llamarse otro cosa que insultante; pero, aunque todavía no he sido capaz de imaginar una disculpa razonable para tu proceder, estoy totalmente dispuesta a oír tu justificación. Quizás hayas recibido alguna información errónea, o sido intencionalmente engañado, sobre algo que me afecta a mí, algo que quizás me haya rebajado en tu consideración.  Dime, pues, explícame lo que te movió a actuar de este modo, y me daré por satisfecha pudiendo satisfacerte a ti. Me dolería mucho verme obligada a pensar mal; pero si voy a tener que hacerlo, si voy a tener que descubrir que no eres lo que hasta ahora hemos pensado que eras, que tus atenciones con todas nosotras han sido falsas, que comportándote así conmigo tan sólo me has estado engañando, digámoslo cuanto antes. En estos momentos mis sentimientos se debaten en un mar de dudas; quisiera poder exculparte, pero la certeza, por boca de uno y otro, será el mejor bálsamo para mi actual padecimiento. Si no sientes ya lo que sentías, debes devolverme mis notas, y el mechón de pelo que te di.

Marianne Dashwood

 

Vicente Aleixandre, "Correspondencia a la Generación del 27"", Edición de Irma Emiliozzi. Castalia. Madrid, 2001.

Madrid, 11 de marzo de 1934

(A Dámaso Alonso) 

    Ha muerto mi madre, Dámaso. Murió hace tres días, el 8, a las cuatro horas de acabarse la operación, de la manera más inesperada. Le habían extraído un cálculo mayor que una avellana, y todo parecía ir bien. Pero su pobre corazón cansado, su cuerpo intoxicado por tantos días de enfermedad no pudieron resistir, no consiguieron vencer la anestesia, y sobrevino la muerte sin que recuperara el conocimiento.

(...) No te quiero decir nada de mí. de lo que yo siento que me falta, de esta sensación casi física de mutilación no te puedo hablar. Yo no sé cómo son las madres. Yo sé cómo era la mía, y sé que la generosidad y el amor suyo no eran como otros. No, Dámaso, no. Tú no sabes cómo era mi madre. No he conocido nada, nada comparable en cuanto a renunciación de sí misma. 

(...)Hoy he ido a misa con mi padre, quizás no creo en nada, no lo sé; pero lo haré todo por ella (iré a sus misas, a su rosario) porque sé que ella se alegraría con ternura. Claro que iré. Si no creo, creo en ella y en lo que ella creía.

(...) No sigo, Dámaso. Adiós, adiós. Yo sé que tú la estimabas ¿verdad? Adiós, te abrazo mucho.

Vicente

 

Texto enviado por Bernardette, 19 años, (Argentina), 11-12-02

[El original de esta carta de Colón ha desaparecido. Se conservan varias versiones en español, italiano y latín. Nuestra edición electrónica sigue la cuidadosa edición de Lionel Cecil Jane, en su obra Selected Documents Illustrating the four Voyages of Columbus. 2 vols. London: The Hakluyt Society, 1930. Vol. I, 2-19] 

© José Luis Gómez-Martínez http://ensayo.rom.uga.edu/antologia/XV/colon/

La Carta de Colón anunciando el descubrimiento

Señor, porque sé que habréis placer de la gran victoria que Nuestro Señor me ha dado en mi viaje, vos escribo ésta, por la cual sabréis como en 33 días pasé de las islas de Canaria a las Indias con la armada que los ilustrísimos rey y reina nuestros señores me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número; y de ellas todas he tomado posesión por Sus Altezas con pregón y bandera real extendida, y no me fue contradicho.

A la primera que yo hallé puse nombre San Salvador [isla Watling] a comemoración de Su Alta Majestad, el cual maravillosamente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción [Cayo Rum]; a la tercera Fernandina [Isla Long]; a la cuarta la Isabela [Isla Crooked]; a la quinta la isla Juana [Cuba], y así a cada una nombre nuevo.

Cuando yo llegué a la Juana, seguí yo la costa de ella al poniente, y la hallé tan grande que pensé que sería tierra firme, la provincia de Catayo. Y como no hallé así villas y lugares en la costa de la mar, salvo pequeñas poblaciones, con la gente de las cuales no podía haber habla, porque luego huían todos, andaba yo adelante por el dicho camino, pensando de no errar grandes ciudades o villas; y, al cabo de muchas leguas, visto que no había innovación, y que la costa me llevaba al setentrión, de adonde mi voluntad era contraria, porque el invierno era ya encarnado, y yo tenía propósito de hacer de él al austro, y también el viento me dio adelante, determiné de no aguardar otro tiempo, y volví atrás hasta un señalado puerto, de adonde envié dos hombres por la tierra, para saber si había rey o grandes ciudades. Anduvieron tres jornadas, y hallaron infinitas poblaciones pequeñas y gente sin número, mas no cosa de regimiento; por lo cual se volvieron.

(...)
La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temeroso a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas.

(...)En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares; es verdad que el sol tiene allí gran fuerza, puesto que es distante de la línea equinoccial veinte y seis grados. En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Así que mostruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla Quaris, la segunda a la entrada de las Indias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India, y roban y toman cuanto pueden; ellos no son más disformes que los otros, salvo que tienen costumbre de traer los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas de las mismas armas de cañas, con un palillo al cabo, por defecto de hierro que no tienen. 

(..)
Esto, según el hecho, así en breve.
Fecha en la carabela, sobre las islas de Canaria, a 15 de febrero, año 1493.
Hará lo que mandaréis
El almirante.

Después de ésta escrita, y estando en mar de Castilla, salió tanto viento conmigo sul y sueste, que me ha hecho descargar los navíos. Pero corrí aquí en este puerto de Lisboa hoy, que fue la mayor maravilla del mundo, adonde acordé escribir a Sus Altezas. En todas las Indias he siempre hallado los temporales como en mayo; adonde yo fui en 33 días, y volví en 28, salvo que estas tormentas me han detenido 13 días corriendo por este mar. Dicen acá todos los hombres de la mar que jamás hubo tan mal invierno ni tantas pérdidas de naves.
Fecha a 4 días de marzo.

 © José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina), 13-04-02

Albert Einstein, "Cartas a su novia Mileva", Princeton University Press, 1987 

De Einstein a Mileva
Milán, jueves 13 de septiembre de 1900

Amada muñequita:

Han transcurrido ya las 3/4 partes del tiempo tonto y pronto volveré a estar con mi tesoro y lo besaré, acariciaré, haré cafetito, reñiré, trabajaré, reiré, pasearé, charlaré...+ infinit!
¡Será un año muy divertido! ¿verdad?
Ya he dicho durante las Navidades que me quedo contigo.  No puedo esperar más a tenerte conmigo, mi todo, mi personilla, mi chiquilla, mi mocosilla.
Cuando ahora pienso en ti creo que no quiero volver a enojarte ni a tomarte el pelo nunca más, ¡sino que quiero ser siempre un ángel! ¡Qué hermosa ilusión!
Pero tú también me querrás ¿verdad?, aunque vuelva a ser el viejo bribón lleno de caprichos, diabluras y tan veleidoso como siempre.
No sé si te he escrito con tanta regularidad como antes.  No pongas mala cara por eso.
(...) En todo el mundo podría encontrar otra mejor que tú, ahora es cuando lo veo claro, cuando conozco a otra gente. Pero también te aprecio y amo como te mereces. Hasta mi trabajo me parece inútil e innecesario si no pienso que también tú te alegras de lo que soy y de lo que hago.

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina), 9-04-02

Henry Miller, "Querida Brenda", Ed. Seix-Barral, Barcelona, 1986 

Y ahora un hombre de 87 años, locamente enamorado de una mujer joven que me escribe las más extraordinarias cartas, que me ama a morir, que me mantiene vivo y enamorado (un perfecto amor por vez primera) que me escribe tan profundas y emocionantes reflexiones que me siento feliz y confuso como sólo un adolescente podría estarlo.  Pero por encima de todo, agradecido, y afortunado.  ¿Merezco realmente tan hermosos elogios como tú me dedicas? Haces que me pregunte quién soy exactamente, si me conozco en realidad y qué soy.  Me tienes sobrenadando en el misterio.  Por lo cual aún te amo más. Caigo de rodillas y rezo por ti, te bendigo con la poca santidad que hay en mí.  Viaja feliz, mi queridísima Brenda y no lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida.  Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo.  Somos las estrellas y el universo de más allá.  Larga vida a Brenda Venus. ¡Dios le conceda dicha, plenitud y amor eterno!

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina), 5-04-02

Leopoldo Lugones, "Cancionero de Aglaura", Editorial Tres Tiempos, Buenos Aires, 1984 

De Leopoldo  Lugones a "Aglaura" 

Buenos Aires, 1926


Mi dulzura: te escribo en mi papel ordinario de periodista, porque efectivamente, soy redactor del diarito donde ha creído reconocerme mi princesa, hasta que encuentre otro menos crujidor como el que tú empleas, mi alma, y que para mayor delicia me llega ahora con la caricia de tus piecitos adorados.  Cuánto lo besé y con qué ansia amorosa lo rugió mi pantera...
(...) Nunca supe lo que era el amor hasta que te quise y aprendí en el tuyo lo que es la eternidad. Así vive el mío de llorarte lejana. Como a la estrella. Así me es inagotablemente precioso en su dolor el castigo que  sufro sin reclamar, pero que no he merecido. Algún día lo sabrás mi suavidad, mi perfume. Ya te lo dice, por lo demás, la coincidencia que has notado en nuestro dulce pero triste consuelo.
Él te inspira, por otra parte, lo que llamas pésima redacción y que es siempre lo más precioso de tus cartas queridas. ¿Por qué te preocupas de eso?  ¿No ves cómo yo lo echo de lado para que hable tan sólo mi corazón  sin vana literatura? Y a propósito escribo
chiquito para que las carillas no aumenten y la carta no arriesgue alguna violadora curiosidad con un exceso de volumen.

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina),  2-04-02

Estela Canto, "Borges a contraluz", Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1989 

De Jorge Luis Borges a Estela Canto

Sin fecha y en inglés en el original.
Wednesday morning (miércoles por la mañana).


Querida Estela:
No hay ninguna razón para que dejemos de ser amigos.
Te debo las mejores y quizá las peores horas de mi vida y eso es un vínculo que no puede romperse.  Además, te quiero mucho.  En cuanto a lo demás... me repites que puedo contar contigo.  Si ello fuera obra de tu amor, sería mucho; si es un efecto de cortesía o de tu piedad (...)
Pero... ¿a qué traficar en reproches, que son mercancía del infierno? Estela, Estela, quiero estar contigo, quiero estar silenciosamente contigo. Ojalá no faltes a Constitución Georgie (Si es un efecto de tu cortesía o piedad..., no puedo decentemente aceptarlo. Amar o incluso salvar a un ser humano es un trabajo de todo el tiempo, y creo que  no puede ser exitoso si se realiza en momentos perdidos.)

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina), 21-3-02

Franz Kafka, "Cartas a Milena", Editorial Losada, Buenos Aires, 1981 

De Franz Kafka a Milena
Entre 1922 y 1923

Por favor, escriba la dirección con un poco más de claridad, una vez que la carta está dentro del sobre pasa a ser casi propiedad mía y usted debería ser más cuidadosa con la propiedad ajena, debería tratarla con más sentido de la responsabilidad.  Tak. Por otra parte, tengo la impresión - aunque no puedo llegar a precisarla - de que una de mis cartas se ha perdido. ¿La típica ansiedad de los judíos?  ¡Cuando lo que debería temer es que las cartas lleguen a destino!

¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas pueden comunicarse mediante cartas? Uno puede pensar en una persona distante y puede tocar a una persona cercana; todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican en forma desmesurada. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo. Y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, para recuperar la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano. Pero ya es tarde: son evidentemente inventos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso; después del correo inventó el telégrafo, el teléfono, la radio. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros, en cambio, pereceremos.

 

 

Texto enviado por Bernardette, 18 años, Buenos Aires (Argentina), 17-3-02

Raúl Larra, "Roberto Arlt, el torturado", Editorial Futuro, Buenos Aires, 1986 

De Roberto Arlt a Ivonne (1937)

Queridísima amiga, auténtica y querida amiga.  Por fín solo, para poder charlar con usted. Pensaba en usted, aunque éste no es el término que debo emplear; en realidad seguía en su compañía. Me he apresurado a meterme en la cama y desde la cama le escribo, con un codo sobre la almohada, la cara sobre la mano y un bulto de carillas. ¿Cómo podríamos llamar a esto que ocurre entre nosotros? ¿Felicidad o predestinación? Ocurre que estamos juntos y nos comunicamos nuestras experiencias con una jovialidad natural de criaturas que han vivido juntas años y años.  Ningún embarazo frente a nada. Ningún temor de lo que el otro puede pensar de uno. Las cosas tienen sus nombres y por sus nombres las llamamos, y no se da caso semejante de que la coincidencia de las situaciones haya provocado la coincidencia de caracteres. No me canso de pensar en mi buena suerte. Soy realmente un hombre afortunado. Afortunado por haber encontrado a mi igual.

 

 

Texto enviado por Luia, 44 años, Buenos Aires el 11-2-02

Carta de Dmitry Kolesnikov recogida en el libro "Correspondencias del tiempo", Editorial FM Milenium-Simon Brothers S.A. Buenos Aires, 2001.

La nota, encontrada en un bolsillo del teniente de navío Dmitry Kolesnikov, fue divulgada por el comandante de la marina rusa, tras el rescate de cuatro cadáveres del submarino Kursk, que naufragó en aguas árticas el 12 de agosto de 2000, por causas aún no esclarecidas.

"13:15 horas. Todos los tripulantes de los compartimentos sexto, séptimo y octavo nos trasladamos al noveno. Aquí nos encontramos 23 personas. Tomamos esta decisión como resultado de la avería. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. 13:5 (ilegibles los minutos). Escribo a ciegas..."

Esta dramática carta reveló que al menos 23 tripulantes sobrevivieron algunas horas a su naufragio, y murieron de frío o por asfixia, mientras esperaban en vano la llegada del auxilio exterior.

Kolesnikov se había casado apenas 15 días antes de la tragedia que conmocionó a Rusia y al mundo durante dos semanas de angustiosos intentos de rescate de posibles sobrevivientes...

 

Texto enviado por Luia, 44 años, Buenos Aires el 25-1-02

Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar (muerte del Che), "Fervor de la Argentina", Roberto F. R., Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1993 

París, 29 de octubre de 1967

Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel (...) Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. (...)

Yo tuve un hermano.

No nos vimos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

  
Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre, 

Julio

 

Carta inédita de Joaquín Rodrigo a Federico Mompou,  publicada en EL CULTURAL(21 de noviembre de 2001), www.elcultural.es

(España, años 40)

Querido Federico:

Te mandaré el discurso. Es un formidable cuento que te interesará. No se han dicho nunca más barbaridades juntas en una academia. Estuve bárbaro. En cuanto a las sonatas no están mal y me parece que después de ellas ya se acabó a Dios Gracias, el piano español a lo Scarlatti, a la (M)oda Scarlatti o si prefieres a hacer puñetas. Ahora estoy o me estoy organizando un homenaje monstruo. Concierto homenaje de los Amigos de Joaquín Rodrigo, sociedad anónima que me he sacado de la manga y que, naturalmente, se extiende por toda España. Ahí te mando unas circulares con  boletín de suscripción, hazme propaganda entre los pianistas y aficionados. No se engaña a nadie, no irás a la cárcel; el timo está perfectamente disimulado y tú ya eres un maestro en esto. No sé si sabes que el gran teatro del Liceo me preparará un concierto Rodrigo para el 13 de marzo, iremos y nos comeremos las negras y las blancas. Y tú, ¿cuándo quieres que te organicemos algo en Madrid? Ahora con el padre Federico en el conservatorio medio mandamos. No olvides hacer propaganda de mis circulares con sellos de cinco céntimos, mándalas a aquellos que te parezcan más asequibles. Un abrazo y hasta pronto.

 

Enrique Jardiel Poncela, carta inédita publicada por EL CULTURAL (10-16 de octubre de 2001), www.elcultural.es

4 de enero de 1950

Querido Miguel:

    Recibí tu carta del año pasado en la cama, donde estoy casi todos los días desde que te fuiste.

Hasta hoy, día 4, no he podido levantarme con ciertas garantías, pues otros días que me levanté, a la hora tuve que volverme a casa para quedar groggy en un rincón.

No hubo nada sustancial por parte del Alcalde. (...) Le he dado un plazo mental de 8 días más, a partir del día 1º y, pasado el plazo, le escribiré una carta sin precedentes desde la creación del Ayuntamiento madrileño por Alfonso XI (año, no recuerdo).

¿Vienes o no vienes?

Y si no vienes, ¿cuándo vienes?

Creo que debes venir,

de modo que vente.

(...) Bueno, a ver si vienes, o me da otra pleuresía, pues ha sido pleuresía.

 

Jane Austen, "Persuasión", Alba Editorial, Barcelona, 1996 (traducción de Francisco Torres Oliver)

 Querida Anne:

(...) Y en cuanto a Louisa, voy a decirte algo que te va a dejar no poco asombrada. Ella y los Harville llegaron el martes sin novedad; por la tarde fuimos a ver cómo estaba, y nos quedamos sorprendidos al no encontrar al capitán Benwick entre ellos, cuando había sido invitado lo mismo que los Harville; ¿Y cuál dirás que era el motivo? Pues ni más ni menos que haberse enamorado de Louisa; de modo que prefiere no pisar Uppercross hasta haber recibido respuesta del señor Musgrove; pues los dos lo habían arreglado todo antes de que Louisa emprendiera el regreso, y él le había mandado una carta al padre de ella por medio del capitán Harville. Te doy mi palabra que es verdad. ¿No te asombra? 

(...) El caso es que estamos todos muy contentos; porque aunque no es lo mismo que si se casara con el capitán Wentworth, es infinitamente mejor que con Charles Hayter; y el señor Musgrove ha dado su consentimiento por escrito, y hoy se espera al capitán Benwick. 

 

Luis Pérez Ortíz, "Apuntes de Malpaís", Ed. Lengua de Trapo, Madrid, 1998 

Querido Profesor:

(...) Durante estos días, el espacio de contraste, brotado de los comentarios y observaciones de Julia, es el país danés, que ella acaba de visitar. Aparece como un pulcro y llano escenario, accidentado por algunos fiordos de mediana escala y habitado por una sociedad altamente pacífica y civilizada, hasta cierto punto amable y sonriente, experta en el arte del acondicionamiento de las casas. El resultado es un extremo orden urbanístico y una estética impecable. A la vez como causa y efecto de ello, los términos de la convivencia son de una cortesía y un respeto difíciles de superar. Es lo que se desprende del reportaje verbal presentado por Julia, de cuya minuciosidad como observadora, así como de su personal distancia, somos usted y yo devotos desde hace años. Al aplicar esos parámetros a la realidad de aquí, el panorama es desolador, no sólo para la mirada intelectual sino para la salud nerviosa.

 

Enrique Williams Álzaga, "Cartas que nunca llegaron", Emecé Editores, 1967.

Buenos Aires, julio 29 de 1811 

    Mi amado Moreno, dueño de mi corazón: me alegraré que estés bueno, gordo, buen mozo, y divertido, pero no con ninguna mujer, porque entonces ya no tendré yo el lugar que debo tener en tu corazón por tantos motivos; con fecha de 26 de éste te escribo, pero con todo lo vuelvo a hacer por no perder ocasión de darte el gusto de saber de tu familia, y tener yo el consuelo de escribirte ya que no te veo; me parece que ya con ésta llevo escritas trece o catorce cartas (...)

(...) si me amas de veras, por vos mismo puedes sacar lo que cuesta esta nuestra separación, y si no te parece mal que te diga, que me es más sensible a mi que a vos, porque siempre he conocido que yo te amo más, que vos a mi, perdóname, mi querido Moreno, si te ofendo con esta palabra, no tengo más que decirte, recibe memoria de todas, y dáselas a Manuel; tu hijo está estudiando a ayudar misa, procura que nos veamos pero me parece que aquí no puede ser, porque cada día va peor, hazme llevar; adiós, mi Moreno, no te olvides de mi, tu mujer María Guadalupe Moreno.
Mi madre y Panchita te mandan memorias y me lloran mil pobrezas, que les han rematado la casa y es tal la pobreza en que están que ni cama en qué dormir tienen, por todos lados tengo aflicciones, Dios me dé paciencia.

 

Roberto Fontanarrosa, "Cartas para Annie", en www.literatura.org

28 de Noviembre de 1987

Querida Annie:

    Un tumulto de sensaciones contrapuestas estremece mi alma. La comprobación de que nuestro contacto epistolar se prolonga y solidifica me ha insuflado nuevos ánimos, pintando de bellos y alegres colores el gris desvaído de mi vida. Le confieso que su carta me ha llenado de sensaciones olvidadas, me siento como un adolescente, pleno de dudas y ambivalencias. Antes que nada, quiero agradecerle enormemente su fotografía. Sé que le ha significado un esfuerzo económico enviármela. Le juro que no era mi intención inducirla a destruir su álbum, que imagino un documento familiar de insoslayable valor. Es una pena que no haya señalizado, precisamente, quién es usted dentro de ese maravilloso ramillete de jóvenes que, sin duda alguna, gozan de los placeres de un pic-nic. (...)

¿Hay alguien más en su vida, Annie? ¿Hay otra persona en su esfera sentimental, alguien a quien usted considere más que un "amigo"? De ser así, hágamelo saber, por favor, para no alentar vanas esperanzas.

Suyo,

Lamberto.

 

Paul Gauguin, "Escritos de un salvaje", Debate, Madrid, 1989 (traducción de Margarita Latorre).

(noviembre de 1896)  Tahití

A Monfreid

(...) Empiezo a recuperarme y lo aprovecho para trabajar mucho. Escultura. La pongo por todas partes en la hierba. Barro recubierto de cera. Lo primero que hice fue un desnudo de mujer, luego un león soberbio de fantasía jugando con su hijo. Los indígenas, que no conocen los animales salvajes, están muy asombrados. 

Por ejemplo, el cura ha hecho lo imposible para hacerme retirar la mujer desnuda, sin vestidos. La justicia se le ha reído en sus narices y yo le he enviado a la mierda sin más. ¡Ah!, si dispusiera de todo lo que me deben, mi vida sería extraordinariamente tranquila y feliz. Pronto seré padre de un medio-amarillo; mi encantadora Dulcinea se ha decidido a parir. Mi taller es muy hermoso y le aseguro que el tiempo pasa muy rápido. Desde las seis de la mañana hasta el mediodía puedo hacer mucho y buen trabajo. ¡Ah, mi querido Daniel, si conociera esta vida tahitiana ya no podría vivir de otra forma!

 

Mario Fortunato, "El arte de perder peso", Lengua de Trapo, Madrid, 2001 (traducción de Carlos Gumpert)

Urk, a 30 de septiembre, viernes

Queridísimo Blasi:

Una cosa terrible. Sucedió ayer. Un acontecimiento desastroso, inconcebible, monstruoso. Tengo el ánimo completamente por los suelos. Estoy aterrorizada, créame. No sé bien lo que hacer.

Calma. Contemos las cosas por orden. No me es fácil. Lo intentaré.

Estaba en el supermercado al que voy normalmente. La cajera ya me reconoce, puntualmente me habla en su idioma, y puntualmente yo no la entiendo. La cuenta es siempre la misma. Veinticinco florines, más o menos. Ayer no. Ayer adquirí un paquete de Vla. 

Al llegar a casa, vertí una buena ración en una taza y me la tomé sin pensármelo dos veces. Fue terrible y maravilloso al mismo tiempo. Era el reencuentro con todo el calor del azúcar, la vaguedad de la vainilla, la intensidad arrebatadora de la crema. Como si no bastara, con la tercera porción mezclé un puñado de arándanos... Me dejé llevar. Al acabar el paquete de Vla, me lancé a por las reservas de comida que tenía en casa. Todo era dietético, naturalmente, pero devastador si se ingiere en cantidades masivas. En conclusión, como era obvio: angustia, sensación de culpa.

Desde ayer por la noche estoy sin vida, vacía de toda voluntad. No oso acercarme al peso. ¿Qué debo hacer? ¿Conseguiré salir adelante? Querido Benedetto, ¿por qué no está usted aquí? Es usted el único que podría entenderme. ¿Por qué no puedo recibir noticias suyas?

 

Wilkie Collins, "Armadale", Biblioteca de Bolsillo, Barcelona, 1998 (traducción de Josep Ferrer i Aleu)

De Miss Gwilt a Mrs. Oldershaw

Richmond, jueves

Querida y vieja bruja:

No diré sí o no hasta que me haya mirado largamente, muy largamente, al espejo.

Si tuvieses alguna consideración por algo que no fuese tu propia y pícara persona, sabrías que la mera idea de volver a casarme (después de lo que tuve que pasar) me pone la piel de gallina. (...)

Estoy muy cómoda en esta pensión. Hay flores encantadoras en el jardín y los pájaros me despiertan con sus gorjeos por la mañana. He alquilado un piano bastante bueno. El único hombre que me interesa un poco (no te alarmes: lo sepultaron hace muchos años, con el nombre de Beethoven) me acompaña en mis horas solitarias. La patrona también me haría compañía, si la dejase. Pero me fastidian las mujeres. Ayer el nuevo cura visitó al otro huésped y se cruzó conmigo en el jardín, al salir.

En cualquier caso, mis ojos no han perdido su atractivo aunque tengo treinta y cinco años: cuando lo miré, ¡el pobre hombre se ruborizó! ¿De qué color piensas que se habría puesto su semblante si uno de los pajaritos del jardín le hubiese murmurado al oído la verdadera historia de la encantadora Miss Gwilt?

Adiós, mamá Oldershaw. Dudo bastante de ser afectuosamente tuya o de cualquier otra persona, pero todos decimos mentiras cuando terminamos una carta ¿no crees? En fin, si tú eres mi vieja y fiel amiga, yo debo quedar

Afectuosamente tuya

Lidia Gwilt

 

Juan Carlos Onetti, "Cuando ya no importe", Alfaguara, Madrid, 1993

Querido:

Como en carta de suicida escribo que ignoro si ésta llegará a tus manos antes de que me canse de cumplir con tu montaña de pedidos llorones y abandone. 

Tom, de paso para USA quiso saludar París. Es un caballero y tiene un buen gusto que prepara nostalgias sin remedio. Fue una noche. Pero nada de lo que imaginás. Tom, amigo de causas perdidas, me informó que, por órdenes superiores, te había abandonado, ahí que te pudras, acompañado por una mulata hedionda y una nena rubia a la que estarás viendo crecer hasta un momento mejor. Te conozco bien por lo menos en ese terreno.

(...) Divagar es incoherente como una droga, una confesión que no se da jamás entera pero alivia. Me dijo el mercader que los discos estaban acondicionados de tal manera que podían llegar a la China sin rayarse. La selección de libros la hicieron nuestros amigos, creo que ellos saben, y espero que te hagan feliz.

Ahora sí estoy aburrida. Sólo me queda paciencia para recordar aquella caminata por la Rue Florence, hacia mi casa, que tú interrumpiste justo en la mitad por un dolor de anciano. Todavía me resulta incomprensible. Pero, sobre todo esto, ni una palabra.

Tuya en lo que se puede,

Aura

 

Oscar Wilde, "Cartas a Lord Alfred Douglas", Tusquets Editores, Barcelona, 1987 (traducción de Luis Antonio de Villena)

(? diciembre de 1893)  10/11 St. James Place, S.W.

Mi más querido Muchacho,

Gracias por tu carta. Estoy agobiado por las alas de los buitres acreedores, y deprimido, pero feliz al saber que somos de nuevo amigos, y que nuestro amor ha cruzado la sombra y la noche del desvío y la aflicción y resurge coronado de rosas como antaño. Seamos infinitamente queridos el uno para el otro, como en verdad siempre lo hemos sido.

He oído que Bobbie está en la ciudad ¡derrengado y barbudo! ¿No es espantoso? Todavía no lo he visto. Lesly Thomson se me ha presentado, ansioso en extremo por dedicarme su vida entera. Tree me ha escrito una larga carta apolegética. Sus razones son tan razonables que no puedo entenderlas: un cheque es el único argumento que comprendo. Hare vuelve a la ciudad la próxima semana. Voy a hacer un esfuerzo por inducirle a mirar mi nueva comedia como una obra maestra, pero tengo serias dudas. Y esas son todas las noticias. ¡Qué horribles son las noticias!

Pienso cada día en ti, y soy siempre devotamente tuyo.

                                                                 Oscar

 

Tawfiq Yusuf Awwad, "Los molinos de Beirut", Plaza y Janés Editores, Barcelona, 1992 (traducción de Montserrat Abumalham)

A mi hija Tamima:

Besos de tu padre, acompañando la felicitación por tu ingreso en la Escuela Normal, después de superar el bachillerato. Leí, en su momento, la noticia en los periódicos, que nos llegan de la patria, y guardo, junto a mi corazón, los recortes que llevan el nombre de las personas que más quiero y que son la causa de mi orgullo.

No me han llegado tus cartas, y las que escribes en nombre de tu madre, hasta hace tres días; es decir, justo al momento de salir de la cárcel. Las autoridades, actuando en contra de todo conocimiento y derecho, las habían retenido, junto con todo lo que llegaba dirigido a mí y al resto de los inculpados. No nos las entregaron hasta que apareció la sentencia.

Dirás: esta carta llega con mucho retraso. Sin embargo, aunque hubiera llegado antes que Yabir, nada habría cambiado, tal como comprenderás por lo que te voy a decir. (...)

Sólo quedas tú. Y yo, me pongo en pie ante ti, de igual modo que me enfrenté con la justicia, antes. Estoy en el banquillo de los acusados o en la sala de audiencias, no lo sé. Entre estas dos circunstancias se encierra toda la vida de tu padre en África.

No te la voy a contar en detalle. Se trata, en realidad, de "las memorias" de un emigrante", que comencé a registrar desde que puse mis pies en Guinea. Te las dejaré para que las publiques entre la gente, sin pretender que esa gente derrame lágrimas de cocodrilo por un poeta, que no debió emigrar si no era para ir a ese mundo de sus fantasías, sino más bien para que puedan poner sus manos sobre la realidad de esa negra aventura, para que evalúen sus glorias y sus fracasos y los perfiles de los que son, a un mismo tiempo, sus triunfadores protagonistas y los perdedores...

El 16 de octubre de 1951 llegó a Konakry un hombre, de treinta y seis años, dejando tras de sí, en Al-Mahdiyya, una mujer y dos hijos -tú eras una cría que empezaba a hablar-: sin embargo, él llevaba consigo un inmenso cariño hacia ellos, sólo superado por la esperanza, que llenaba su corazón, de conseguir una fortuna y volver junto a ellos. Era un sueño del que despertó, en el preciso instante en que el barco lo depositó en el puerto, en la costa de África. Se pasaba el día dando vueltas por la ciudad, como un animal extraño. Se arrojaba en su estera, por la noche, junto a docenas de compañeros, que veían, igualmente, cómo los ratones roían sus sueños, al igual que roían sus escasos alimentos y sus pocas y destrozadas ropas. (...)

 

Arthur Schopenhauer, "Epistolario de Weimar", Editorial Valdemar, Madrid, 1999 (traducción de Luis Fernando Moreno Claros)

Johanna Schopenhauer a Arthur

Weimar, 17 de mayo de 1814

La puerta que con tanto estrépito cerraste ayer tras comportarte tan indignamente con tu madre se ha sellado para siempre entre tú y yo. Estoy cansada de soportar tus malas maneras, me voy al campo y no regresaré hasta saber que te has marchado; se lo debo a mi salud, pues una segunda escena como la de ayer podría provocarme un ataque de apoplejía que quizá resultaría mortal. Tú no sabes nada del corazón de una madre: cuanto más amó, más dolorosamente siente cada golpe que le infiere la mano antes amada. No es Müller, esto te lo juro ante Dios en quien creo, quien te separa de mí, sino tú mismo, tu desconfianza, la censura que ejerces sobre mi vida y sobre la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento para conmigo, el desprecio que muestras hacia mi sexo, tu negativa manifiesta a contribuir a mi felicidad, tu codicia, tu mal humor al que das libre curso en mi presencia sin la menor consideración hacía mí (...).

(...) y eso es lo que nos separa, si bien no para siempre, sí hasta que retornes a mí en calma y buena disposición. En ese caso estaría dispuesta a acogerte con benevolencia. 

(...) ¿Qué diría tu padre si viviera, él que pocas horas antes de morir te encomendó que me honrases y que no me dieses nunca disgustos? Si yo hubiese muerto y tuvieras que vértelas con tu padre, ¿te atreverías a sermonearle? ¿Tratarías de determinar su vida y sus amistades? ¿Acaso soy yo menos que él? (...)

Deja aquí tu dirección pero no me escribas, a partir de ahora ni leeré ni contestaré a ninguna de tus cartas; llegados a este punto se separan nuestros caminos, escribo esto con profundo dolor pero no queda otro remedio si es que quiero vivir y proteger mi salud. (...)

 

A. S. Byatt, "Posesión", Editorial Anagrama, Madrid, 1990 (traducción de Maria Luisa Balseiro)

Querida amiga:

(...) Qué paseo, en qué vendaval, inolvidable. El choque de nuestros paraguas cuando nos inclinábamos para hablar, y su enredo irremediable; la tromba de aire que se llevaba nuestras palabras; las hojas verdes desgarradas que pasaban volando, y, en la cresta de la colina, los ciervos corre que te corre sobre el plomizo nubarrón que iba en aumento. ¿Por qué le cuento todo esto, si los vio conmigo? Para compartir las palabras también, como compartimos el vendaval y el silencio súbito cuando cesaba brevemente. (...)

(...) ¿Observó usted, como yo, qué curioso, y a la vez qué natural, fue que estuviéramos tan tímidos el uno con el otro, siendo así que tan bien nos conocíamos ya en papel? Yo siento como si la conociera de toda la vida, y a pesar de ello busco frases de cortesía y preguntas formularias; porque es usted más misteriosa en persona (como quizá lo seamos la mayoría) de lo que aparenta ser en tinta y símbolos escritos (acaso todos seamos así. No lo sé.) (...)

 

Héctor Abad Faciolince, "Basura", Ed. Lengua de Trapo, Madrid, 2000.

Querida Rebeca:

(...)Desde hace años no escribo nada, ni una línea, y también (además del fracaso) es un alivio. No era capaz, cada vez fui menos capaz, y resolví que la mudez era lo único digno. No sé si recibiste lo último que publiqué pues nunca, ni la última vez, hablamos de eso. También era un libro mediocre, como el primero y como quien lo hizo, y menos mal que casi nadie se enteró. Se lo hice llegar a muy pocas personas, pero a duras penas se dieron por enteradas. Los mediocres nos tenemos muy merecido el silencio, la total indiferencia, y no me estoy haciendo el mártir; te lo digo en serio; uno a los setenta años se vuelve casi sincero y casi tengo setenta. Después seguí, por inercia, tomando apuntes, y luego, felizmente, me pude quedar callado, ya sin ambiciones ni angustias. (...)

 

 

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Beatriz Alonso Aranzábal