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Cartas Invitadas

 

 

Cartas 2007

Cuando se inauguró Cartas Sin Sellos conté con el apoyo de varios escritores que me enviaron un texto exclusivo para esta web. Aquí podéis leer esas cartas con la fecha en que fueron publicadas.  

 

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Carta de Manu Leguineche 

Brihuega, 1 de marzo de 2001

  El otro día viajé en tren. No lo hacía desde tiempo atrás. Lo que descubrí fue una jungla erizada de teléfonos móviles y chácharas intrascendentes, un tanto forzadas. Se habla a veces por hablar. ¿Es que no sabemos estar solos, en silencio, pensando un poco, leyendo unas páginas?

El chirrido del móvil llega no solo al espacio del tren sino al parlamento, al cine, a la coyunda y hasta a la paz de los cementerios. Ya no se quedan solos los muertos como quería el poeta clásico. Hace unas fechas, en Israel, sin ir más lejos, ya enterrado el difunto, sonó un móvil en el ataúd. Se lo había llevado a la tumba para espanto de los enterradores y la llorosa familia. Ahí es nada, irse al otro barrio con el móvil.

Recuerdo con nostalgia los vagones de los años 50, tiempo sin móviles. La gente se comunicaba por medio de la tartera. De ella salían tortillas y pimientos para todos los que quisieran y corrían la bota y la conversación. Ahora crepitan los móviles pero no hablamos unos viajeros con otros, tan ocupados estamos en el juguete inalámbrico.

Tampoco hay intercambio de tarteras, ni pasan de vagón en vagón los vendedores de lotería, los que rifaban caramelos o vendían pipas. Ahora hay más vida telefónica y ponen películas, pero yo me quedo, en lo que toca a la comunicación entre hombres y mujeres, con aquellos trenes lentos y un poco sucios de mi infancia.

Manuel Leguineche

 

 

(Ilustración del autor)

Carta de Juan Varela

Madrid, 18 de diciembre de 2000

  Querido oso,

Me fui a buscarte a Alaska porque aquí ya no os dejan vivir. El periódico local decía que te habías zampado a dos excursionistas que hacían footing por el bosque. Supongo que no fue para tanto, que sólo querías darles un palmetazo de advertencia porque por allí tus dominios siguen siendo tus dominios, pero se te fue la mano. O la zarpa.

Así que fui a buscarte a tu casa acompañado por un indio Eyak que llevaba una escopeta de postas. No es que desconfiara pero tampoco nos habían presentado formalmente y no imaginaba cual podría ser el recibimiento.

No te encontré. Vi a tu primo el oso negro pero no tenía tiempo para dedicarme y no pude preguntarle por tí. Vi a los colimbos una solitaria mañana en el lago McKinley. Se lamentaban de algo que no pude entender y desaparecieron suavemente en la bruma de madrugada. También vi al alce, pero había perdido la cuerna y la buscaba afanoso sin reparar en mi presencia ni en que una leve pelusa en su coronilla anunciaba el crecimiento de una nueva y más grande. Me encontré con un arrendajo de Steller y a mis preguntas contestó con un parloteo chillón que resonó como un chasquido entre los abetos de Douglas. Nada que yo pudiera traducir. Me tropecé con castores, nutrias de mar, una rata almizclera y hasta con un colibrí que me zumbó al oído una canción de primavera de la que entendí la música, pero no la letra.

Vi a un águila calva, pero volaba, altiva y veloz, deslizándose sobre la brisa. A los salmones tampoco les pude preguntar; tenían la urgencia del desove y la remontada. Además, tenían la boca tan retorcida que apenas alcanzaban a murmurar un par de resuellos. También le grité a un glaciar, por si lo inanimado tenía más conocimiento que lo orgánico, pero la pregunta le debió parecer tan estúpida que se partió en dos de una risotada que sonó como un trueno mientras se zambullía en el río escarchado.

Y al final, de tanto andar me encontré a mí mismo. Que a lo mejor es lo que estaba buscando en la limpia luz del ártico y en el silencio de los bosques. Supongo que el viaje interior es el más difícil e imagino que hay que encontrar una excusa para iniciarlo. Quizás todos mis conciudadanos que salen al campo pertrechados de todas las prótesis de la sociedad de consumo y dispuestos a practicar lo que llaman "deportes de riesgo" están buscando lo mismo sin saberlo. Somos una sociedad infantil llena de juguetes caros para niños con dinero; para hacernos olvidar que es más importante ser que tener.

No te encontré oso. Quizás no te vi porque iba mirando hacia dentro, oliendo hacia dentro y oyendo hacia dentro. Seguramente tu sí me viste, me oliste o me oíste y me dejaste pasar porque era demasiado poca cosa.

Dicen que en algunas regiones de Alaska hay un noventa por ciento de probabilidades de encontrar un oso grizzly en un radio de 500 metros de nuestra situación. También dicen que si lo encuentras debes hacerte el muerto o gritarle e insultarle para que sepa que eres un ser humano y no un joven oso competidor. Desde luego, yo me sentía muy vivo esperando tu aparición en cualquier recodo del sendero.

En Cordova, fui a presentar mis respetos a un pariente tuyo que está en un pequeño museo de Historia Natural. Estaba de pie y me puse de puntillas para acercar mi mano a la suya. Estaba fría y un poco polvorienta y sobresalía vez y media de la mía. Salí despacito para no molestarle en su sueño de serrín y naftalina.

Disculpa oso, que no me pueda despedir de ti con un abrazo.

Juan Varela

 

 

Carta de Carlos López 

Madrid, 21 de marzo de 2001

 

ME COME EL PAPEL

Me come el papel. Vivo rodeado de papel, adoro el papel, el papel impreso, vivo para mirarlo, leerlo, tocarlo, olerlo, guardarlo, saber que está ahí, a mi alrededor, conmigo. A veces, como en una pesadilla, me imagino pasto de titulares que describen el momento en que un atónito bombero me rescata entre los comentarios de un corro de vecinos: Encontrado un hombre que vivía enterrado en toneladas de papel.
Una enfermedad, un vicio, sí, y como tales, absolutamente alejados de mi voluntad. Supongo que todo empezó cuando mi madre se empeñó en guardar un dibujo del colegio, no recuerdo cuál, sería especial, debe de estar por ahí. Después yo mismo me dediqué a almacenar regularmente apuntes, exámenes, ejercicios, cartas. Pronto llené con ellos el maletero de un armario. Y al poco tiempo, dos maleteros más, un escritorio y varios cajones. Una colección de revistas desde el número uno, periódicos pendientes de recortar, libros de cursos pasados, catálogos de editoriales, apuntes indescifrables, folletos recogidos a la puerta del metro, todo parecía valerme. Y todo sigue exactamente donde lo guardé, ocupando media casa de mis padres, que tras algunos años de insistencia terminaron por hacerse a la idea de que esos muebles no existen.
Cuando empecé a utilizar el ordenador en mi trabajo, creí que junto con el papel de calco también iba a olvidarme de los folios, que todo permanecería guardado en mi disco duro. Error. Imprimo y almaceno cada versión, cada hoja de notas, el guión provisional, el casi definitivo, el de rodaje, las correcciones. Varias copias: una para la oficina, otra para casa, otra para guardar por si me la piden, otra más para dejar a algún amigo.
El caso es que nunca he detectado en mí ningún afán coleccionable. Simplemente, no soy capaz de deshacerme de un papel, aunque sepa que no voy necesitarlo, aunque intuya que nunca más volveré a leerlo, aunque tenga la certeza de que un minuto más tarde olvidaré dónde lo he dejado. Alguna tarde, sí, después de una bronca conyugal, meto los periódicos del último trimestre en una bolsa que dejo junto a la puerta varios días más, como si aún me exigieran tiempo para despedirme de ellos.
Pero está a punto de suceder algo horrible. Algo que me produce vértigo hasta cuando escribo su nombre: Mudanza. Me cambio de casa y tendré que admitir que al menos la mitad de mis montañas de papeles no es importante, dejaré de trabajar un par de semanas para examinarlos uno a uno, me detendré más de una hora releyendo alguna carta de recuerdo imborrable, escudriñando la posible fecha de un ejercicio de matemáticas. Y al final de tan doloroso proceso de selección, tendré que convencerme de que sólo puedo tirar ese montoncito de ahí, sí, ese, ¿ese tan ridículo?, sí, es que eso lo tenía por duplicado, qué tonto, ¿verdad, cariño?
Y antes de enviar esta carta sin sello, procedo a imprimir dos copias (por si una se pierde) y me dispongo a guardarlas en la carpeta de e-mails, entre las cartas de banco (que tengo que revisar) y las fotos (a ver si las ordeno), junto a los fascículos semanales (debería comprobar si están todos y encuadernarlos), en la estantería de las cintas de vídeo que nunca veo y los discos de vinilo, mudos desde que regalé el plato. Y al hacerlo me detengo un segundo ante el cajón de mis cosas, que hace mucho tiempo que no me atrevo a abrir. Y que, entre nosotros, no recuerdo qué demonios guarda.

 

 

Carta de Carla Cerati 

Milano (Italia), noviembre de 2002

 

L'ETÀ DEL GIOCO 

Mio padre prese in affitto una villa a Velate, la prima volta che poté consentirci tre mesi di vacanze in collina. Io avevo tredici anni mio fratello quindici; la malattia gli stava dando una tregua, poteva fare qualche passeggiata; io lo accompagnavo, fedele come sempre. Un giorno scoprimmo una vecchia torre in rovina, sbarrata da un cancelletto di ferro con catena, tra le cui sbarre curvate riuscimmo a far passare i nostri corpi ancora esili. Ci arrampicammo all'interno aggrappandoci alle sporgenze di pietra o salendo per mezzo dei pochi sostegni di ferro rimasti. In cima alla torre non c'era nulla: una semplice piattaforma quadrata dove si stava giusto in due, seduti. Là sopra era incisa l'altezza che ci parve eccezzionale: trentadue metri. Appoggiati al parapetto guardavamo estatici la campagna attorno, lontana, verde, passó un uomo vicino alla torre, gettammo una pietra, lui si guardó alle spalle, sconcertato. Tornammo lassú ogni giorno di sole e continuammo ad andarci gettando pietre alle rare persone che si avvicinavano al nostro riservato dominio. Oggi, ed é passato piú di mezzo secolo da quiei momenti, mi scopro a constatare come tutto quello che ci accade durante il percorso della vita imprima una traccia profonda sul nostro modo di essere: io non ricordo se in quelle ore trascorse sulla torre o giocando a scacchi mio fratello ed io parlassimo, l'importante é che facevamo delle cose assieme.

(extracto de un relato publicado en L'Avvenire, 4 de agosto de 2002, con permiso expreso de la autora)

Mi padre alquiló una casa en Velate, la primera vez que pudimos permitirnos tres meses de vacaciones en el campo. Yo tenía trece años y mi hermano quince; la enfermedad le estaba dando una tregua, podía dar paseos; yo lo acompañaba, fiel como siempre. Un día descubrimos un viejo torreón en ruinas, cerrado por una pequeña verja de hierro con candado, entre cuyos barrotes pudimos hacer pasar nuestros todavía delgados cuerpos.  Nos encaramamos por el interior, agarrándonos a los salientes de piedra o subiendo por los pocos peldaños de hierro que quedaban. Encima del torreón no había nada: una simple plataforma cuadrada donde justo cabíamos los dos, sentados. Ahí arriba estaba inscrita la altura, que nos pareció excepcional: treinta y dos metros. Apoyados en el parapeto mirábamos estáticos la campiña circundante, lejana, verde, pasó un hombre junto a la torre, tiramos una piedra, éste se volvió, desconcertado. Volvimos allá arriba todos los días de sol y seguimos tirando piedras a las escasas personas que se acercaban a nuestro reservado dominio. Hoy, y ya ha pasado más de medio siglo, descubro que todo aquello que nos ocurre en el recorrido de nuestra vida imprime una huella profunda en nuestra forma de ser: no recuerdo si en aquellas horas pasadas en el torreón o jugando al ajedrez mi hermano y yo nos hablábamos, lo importante es que hacíamos cosas juntos.

 

 

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